Archivo mensual: mayo 2012

EL OJO GRAMÁTICO

Cada mañana al despertar ordeno a mis ojos: ¡abríos!, y ellos, obedientes, puntuales, generosos se abren a la luz. Un día mandé, como siempre: ¡abríos!, pero sólo uno de ellos lo hizo. El oftalmólogo dijo algo raro, pero, al fin y al cabo, que había perdido un ojo. A la mañana siguiente, un punto temeroso, grité: ¡abríos!, y nada sucedió. Supuse que había quedado ciego, hasta que después de un rato aventuré con una cierta timidez: ¡ábrete! y la luz bañó de nuevo mi cerebro. Es un ojo muy puntilloso en cuestiones gramaticales.

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Exposición de pintura

Ahora repasemos una exposición

de pintura…

 

¿Dónde mirar?

 

Casi al azar aparece delante de mí

Carpaccio: “El joven caballero”:

La mano en el puño de la espada,

Su mirada sobria, la pálida piel,

La comadreja que a sus pies

Se agazapa.

Pienso que tan joven…

 

Una señora lee  la nota de un cuadro.

Y luego lo mira.

Me acerco, leo la nota

miro a la señora.

 

Camino con la mirada.

Sobre una mesa un jarrón con flores,

pero no lo miro, porque no es un cuadro

ni exposición,

tan ajeno y ausente como si allí

no estuviera.

 

 

Junto a él

Dos figuras:

 

Quietas

De madera

En pie

Hacia el frente sus miradas

Inquietantemente neutras

Los pechos de ella

El pene de él

La mirada esquiva en su contorno

 

Detrás, él y ella, en dibujo, los mismos,

su mirada suavemente inquisitiva

riente.

Camino de nuevo.

Las paredes de hospital desprenden frío.

Las luces neutras

la ausencia del futuro.

Un grito en forma de cruz,

un llanto verde,

una línea de sangre

que en sí se contiene:

 

los dedos ansiosos de una mujer,

la palidez de la tarde

sobre Madrid.

 

En el banco del medio de la sala

un japonés anciano, un señor,

una joven de pelo rubio

con ojos color Miró.

 

De nuevo, ahora frente a un…

no sé…

¿metal quizá…? O arena de playa prensada

hermoso, triste, oscuro,

molusco entre las rocas

quieto de olas.

 

Se me llenan los ojos

de color y presentimientos

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En torno al día

LA NOCHE

Ligera camina ligera la noche

entre las estrellas, los cometas, los planetas vagabundos

y los pliegues del deseo.

Giran los astros internos azules de tan cercanos,

la ancestral presencia de ayer en fuga y la espera,

la espera que en la madrugada, en esta hora,

arrastra premonitorio un hálito helado,

frío y viscoso como un sapo,

como un hombre ausente o una sombra perdida en la nostalgia.

En la noche,  mientras lo que sucede más allá se tiñe de sospecha,

amenazante extrañeza,

mientras no florecen los tulipanes

y si acaso un suave rumor de asfódelos

gime bajo el leve tacto de la brisa oscura.

En la noche, rebosante de la espesa plenitud de las doncellas

y la inquieta urgencia de los muchachos.

AL ALBA

Lentamente el alba…,

asomó la luz por entre el quicio donde se funde el día,

el ruido, el afán, la prisa.

Unos hombres ausentes decidieron que…, decidieron que…

decidieron…

muchos pasos,

muchos miles de pasos les seguimos calladamente,

mansamente, con el consuelo triste de no estar quietos…, como aquel…

Y así lentamente se fundieron los destinos

de quienes viajábamos en el mismo vagón,

los silencios de quienes, sin ser enemigos,

evitábamos las miradas y el roce;

se confundieron las esperanzas

de los que sin detenernos advertíamos presencias,

olores, movimientos,

como de otros humanos,

como de nosotros mismos,

ulises cotidianos.

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Mediterráneo

Navega la mirada

la superficie insomne de continuo movimiento,

sumergida en el viento constante

que adormece a las aves marinas.

Ciudades de recuerdos, almenas de recuerdos,

lugares con nombres antiguos

que moraban hasta ahora en el recuerdo

Las miradas múltiples del asombro

acarician el lomo pétreo de las islas

que surgen de improviso entre las olas,

al sol hundiéndose en sangre lentamente

entre olas suavísimas

de remotos contornos

en Thera, en ese abrazo del interior del mundo

a la superficie líquida

de espejo donde el sol reluce;

en la líquida Venecia de calles marinas

viéndola surgir como un pez

de las olas del tiempo:

en Rodas, donde el Egeo me acarició

suave, sonriente, homérico.

Al nadar recordé a las sirenas;

En la pétrea Atenas ensimismada

cabalgando la historia

que en ella se detuvo.

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