Archivo mensual: noviembre 2016

Rosa

Rosa, 86 años, es una mujer menuda, concentrada, de cara amable y expresión risueña. La vi por primera vez subiendo por la escalera hasta su habitación del sexo piso los crueles escalones repentinos y fatigosos. Una escalera conserva el recuerdo de una vida, y en ella se exponen, como cuadros a lo largo de sus paredes, los años transitados sobre ella y los periodos de tiempo que de otra manera no dejarían rastro en la memoria. Recordamos los instantes felices, aquellos asociados a lugares y personas, las circunstancias que tallaron nuestro interior, incluso nimiedades que desazonan o llegan a forzarnos a sonreír, pero el largo arco que se desliza a través de meses, de años, que no cesa nunca ni deja rastro más que en los ojos de quienes habitan en la distancia, lo apreciamos apenas en los tramos constantes de la escalera de nuestra casa. Su presencia se impone de manera constante y, llegado el momento, abrumadora, de esa forma tan imprecisa e inadvertida como se agostan las flores de la centaurea. Pero ocurre al detenerse en el rellano del segundo y observar con estupor que todavía faltan dos pisos mientras la fatiga se apodera de tu respiración. El tramo largo de la vida, eso ya vivido y por donde braceamos como en horizonte infinito, se resume allí en el jadeo, en la pereza de tener que seguir adelante, de observar con un cierto escozor en la memoria lo lejanas que se sitúan las cosas que parecían amigables.

Apenas habla. Creo que en el tiempo que llevo aquí habremos cruzado unas cuantas palabras. Pero tampoco habla con las demás personas de la casa. Su vida ya transcurre en el silencio y en el más absoluto abandono. Nunca ha venido nadie a verla en este tiempo ni ha recibido correo o alguna noticia. Está aquí, está en ningún sitio. Quizá podría suponer que rememora su pasado o que vive de los recuerdos y de la nostalgia, pero creo que tampoco le sucede eso. Su ausencia es total, si acaso se refugia en la memoria será tan secreto como lo es su vida entera. No lee, no ve la televisión. Si alguien me pidiera la definición de un fantasma, diría: Rosa, 86 años, de Madrid.

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GLOSAS A LAS FLORES DEL CAPÍTULO 7 DE MEDITACIONES SOBRE LOS CANTARES DE SANTA TERESA

De la mente que sueña el consuelo

de intuir el alba,

cada luz, cada mirada,

la tensión de la espera,

la inquietud de la noche

por donde discurrimos oscuros,

del horizonte en el que, humanos,

nos acontece vivir

entre el tráfago y la prisa

por donde ruge

la estela circular del mundo

del alma que sueña,

de la mente enclaustrada

navegando silente por entre los deseos,

 

escribiste:

 

Y pedís flores

 

Y se dibuja en el rostro el reflejo

inconstante de nuestra espera,

y en el ver la figura,

posibilidad y promesa.

Adquiere constancia  el presentimiento,

en la palabra y los rumores,

cabe las palabras que inauguran

más allá de su aliento

la pretensión que construye  la casa y el camino.

 

Por eso escribiste :

 

Sostenedme con flores

 

 

¿A quién vemos al mirar

cuando el mirar refleja el horizonte

y la espera? Con la figura el recuerdo de la promesa o la promesa,

la intensidad inquieta del delirio

por donde discurre

lo que somos,

como hojas suaves de un río de otoño,

como olas continuas

acariciando la pétrea oquedad del tiempo

 

Por eso escribiste:

 

De otro olor son esas flores De otro olor son esas flores que acá olemos

 

 

Antes del alba

el contorno y la mirada que busca la figura.

Antes del alba la intensidad del presentimiento.

Antes del alba

la inquietud que florece en certidumbre

y lo que acontece,

todavía no y ya acontece.

 

Por eso escribiste

 

Son admirables y olorosísimas (estas flores)

 

El trámite de la promesa,

como de la mirada el reflejo,

o la presencia ensimismada,

de ardiente luz en urgente abrazo,

en propio color transformada.

Cabe la noche estalla la luz de la alborada

Por eso escribiste

 

El fruto gustosísimo de estas flores o la presencia inaugurada

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