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La granada

Poema finalista premio Poeta de Cabra 2016

 

Me han regalado una granada.

Huele a sol y a la claridad de la amanecida.

Hacía tiempo que no abría esta fruta

preñada de esas pequeñas semillas rojas

con las que jugué de niño

mientras las desgranaba y bañaba en azúcar.

Evoca  su vegetal presencia  algunos rostros que ya se fueron,

las tardes larguísimas de los veranos de mi infancia,

aquel pueblo de mis abuelos

donde hacía tanta calor

y yo no quería dormir la siesta,

y la bruma de la adolescencia

y la urgencia de la juventud.

Y en ese paisaje de vivencias,

de crepúsculos y ocasos,

en el claroscuro de la conciencia

entreverada de palabras y emociones,

el árbol de los deseos, las renuncias,

en la carga del tiempo en la piel y los sentidos ,

sobre la urdimbre que dibuja,

cada vez más entrelazado y ceñido,

el tamiz del lienzo  donde se perfila mi silueta,         

digo:            que soy muchos

voz de muchos,

reflejo de muchos,

presencia de muchos,

corazón de granada.

Ni siquiera podría escribir todos los nombres

ni entrever todas la manos

que se unieron para construir este hombre donde habito:

la ardua tarea de apilar conocimientos,

de explicar inquietudes,

de perfilar sueños,

de alentar emociones

y ahuyentar miedos.

Traman la vida,

como la entraña de esta granada que me han regalado,

que huele a sol y al sosiego del poniente,

frutos menudos que mis dedos acarician

mientras los baño en azúcar y en nostalgia.

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Caminos

¡Tantos caminos!

Y de unos salen otros

o regresan

y parecen buscar el mismo destino

o divergen y extravían.

El monte está lleno de caminos,

de pasos trenzados de búsquedas,

de idas y venidas.

Trazan las huellas del tiempo

un rastro mudo de presencia,

en cada cada piedra,

sobre el musgo humilde,

hasta el perfil aéreo de la cumbres

donde dibuja el horizonte

su camino alto de perfiles.

.

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PROCESIÓN EN SALAMANCA

 

Los clarinetes y los tambores

como lenguas metálicas, tan estridentes,

lagartos sinuosos del ruido,

una trompeta sola, acuchillando el frío

y una noche inmensa sobre las almas,

estoque de la negra calma

que marcaba el tambor como un profeta.

Y de los miles, apenas un rumor

apenas un gemido

o el cuchicheo inmediato de lo breve.

Silencio…, unos hombres cubiertos de risa

acompañaban silentes la cruz transida de frío;

el cura, grave, se frotaba las manos congeladas,

caminaban recogidos, cada cual en su ausencia:

la cruz flotaba sobre sus deseos,

y la noche tan oscura aturdida

y un perro que no se atrevía a cruzar la calle

y el frío intenso

y la sombra de la Clerecía

y el turista de la foto, un americano,

y un pensamiento sobre lo imposible.

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Orestes

Orestes pertenece al ciclo micénico de personajes de la tragedia. Si el ciclo tebano construye las grandes figuras de Edipo y de Antígona, en este ciclo sobresalen Orestes y su hermana Electra. Diversas tragedias desarrollan sus personalidades y caracteres hasta hacer de ellos tipos dramáticos y humanos universales.

Orestes era hijo de Agamenón, jefe de los griegos que marcharon contra Troya, rey de Argos (o Micenas o Lacedemonia) y Clitemnestra, hermana de Helena, la que escapó con Paris y fue motivo para iniciar la guerra. Orestes tuvo tres hermanas, Crisótemis, Laódice (Electra) e Ifianasa (Ifigenia), de las cuales las dos últimas merecieron también tratamiento dramático. De su unión con Casandra, su botín de guerra en Troya, Agamenón también fue padre de Pélope y Teledamo, hermanastros, pues, de Orestes

Se le asignan varios episodios en la mitología, pero los referidos al teatro son especialmente los que tienen que ver con la venganza del asesinato de su padre. Aparece en Áulide, donde acompañó a su madre y a Ifigenia cuando ésta fue sacrificada. De tal suceso arranca la tragedia que va a acompañar a la familia Atrida. La flota aquea que se dirigía Troya se encontraba en Áulide y, consultado el adivino Calcante, éste dijo que sólo se podría romper la calma si se sacrificaba a Ifigenia, la hija de Agamenón. Éste se negó, pero presionado por Menelao y Odiseo cedió. Mandó a por su hija con la excusa de casarla con Aquiles. Calcante sería el encargado de sacrificarla. La leyenda cuenta que en el momento de matarla la diosa Ártemis se la llevo a Táuride.

Clitemnestra desde entonces guardó rencor a su marido. A la vuelta de Agamenón victorioso de Troya, con Casandra como botín de guerra, lo mata con la ayuda de Egisto, con quien ya estaba unida adúlteramente. Este asunto se desarrolla en la tragedia Agamenón, de Eurípides. Cuando sucede el asesinato de Agamenón a manos de Egisto y Clitemnestra, Orestes logra salvarse debido a que su hermana Electra lo llevó a la Fócide, donde se crió en la corte del  rey Estrofio, padre de Pílades, que aparece como compañero suyo en la tragedia Las coéforas.

Cuando llegó a ser adulto, Apolo le ordena vengar la muerte de su padre. La muerte de Agamenón, la venganza por parte de Orestes y  el castigo y luego redención de su crimen, ocupan la Orestea, de Esquilo, única trilogía que conservamos íntegra. También escribieron sobre Orestes en este tema  Sófocles y Eurípides. Esquilo hace que las Erinias persigan a Orestes tras la muerte de su padre, mientras Orestes marcha a Delfos a purificarse en el santuario de Apolo. Aunque lo hizo, no se libró de las Erinias, para lo cual tuvo que someterse a juicio en Atenas. El jurado lo componían doce jueces que empataron en las votaciones, por lo cual tuvo que decidir el voto de Atenea, que lo absolvió. Otras tradiciones lo hacen comparecer en Argos.

Una vez absuelto, se dirige a Apolo  en busca de orientación sobre su vida, y la Pitia, la sacerdotisa del dios,  lo envía a Táuride, a  buscar la estatua de  Ártemis. Allí se encontrará con Ifigenia. Los habitantes de Táuride  retenían a los extranjeros y los sacrificaban a su diosa, y eso hicieron con Orestes y Pílades. Su hermana tuvo que intervenir para liberarlos, hasta que tras varias vicisitudes son auxiliados por Atenea y llevan la estatua al Ática, donde erigieron un templo a Ártemis

Tras esto Oretes se estableció en Argólide, se casó con  su prima Hermíone, de la que tuvo un hijo llamado Tisámeno. Murió a edad muy avanzada.
Se contaba en Roma que Orestes había muerto en Aricia, y que sus restos se trasladaron a Roma y reposaban debajo del tempo de Saturno

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Edipo Rey II

La tragedia Edipo Rey, de Sófocles, ha sido considerada ya desde Aristóteles, que la estudia con detención y la pone de ejemplo en su Poética, como la obra maestra de Sófocles y modelo da la tragedia griega. Se representó los años 430 y 425 a.d.C.

Modelo de tragedia

Una de las claves de su perfección se encuentra en la precisa estructura mediante la que se desarrolla, que sirve de modelo para estudiar la tragedia griega y de referencia y guía para otras obras. Su forma balanceada y precisa, le permite desarrollar la acción, siguiendo los cánones clásicos, de una manera armoniosa, al tiempo que cumplir los diversos propósitos que estructuran el teatro griego.

En la obra teatral de Sófocles, que desarrolla el motivo central del ciclo teatral tebano, no se recoge el mito de Edipo por entero, sino que comienza, en cierta paradójica manera, por el final. Se han cumplido el oráculo y ya Edipo ha matado a su padre y se casó con su madre, de la que ha tenido cuatro hijos/hermanos: Antígona, Ismene, Eteocles y Polinices. Los cuatro serán objeto de posteriores desarrollos dramáticos, muy especialmente Antígona, personaje protagonista de la gran tragedia de su mismo nombre.

Prólogo de Edipo Rey

Edipo reina en Tebas, ignorante de haber cumplido el oráculo, confiado en que logró zafarse de él al marchar de Corinto y llegar a Tebas. Sin embargo, el oráculo se ha cumplido y aguarda ya en el mismo corazón de la ciudad el castigo que ha de cernirse sobre Edipo, independientemente de que éste haya obrado de manera voluntaria o no, porque la fuerza del destino y la ira de los dioses son independientes de la decisión humana.

Desde el punto de vista teatral, la obra comienza con un Prólogo. Enfrente del palacio un grupo de ancianos y jóvenes, que llevan ramas de olivo, están sentados en actitud suplicante. El sacerdote de Zeus se dirige solo hacia el palacio. Edipo aparece acompañado por dos ayudantes, contempla a los ciudadanos y les habla. Se dirige a ellos como un rey preocupado por su pueblo y con genuino interés por solventar la situación. El sacerdote de Zeus le recuerda los actos anteriores que Edipo hizo en ayuda de Tebas y le suplica acabar con esa desgracia. Edipo responde asegurando su disposición a ello, y que ya ha mandado a Creonte, su cuñado, al oráculo de Delfos. En ese momento llega Creonte, quien comunica lo dicho por el oráculo. Que ha de castigar al culpable de la muerte de Layo. Edipo asegura que se ocupara de investigar lo que entonces no se hizo, pues se fiaron del testimonio del único superviviente de que un grupo atacó al rey Layo.

El conflicto dramático

El conflicto dramático queda planteado. Edipo, rey extranjero, pero amante de su ciudad, a la que ha ayudado en varias ocasiones, muy especialmente a librarse de la esfinge, promete encargarse de investigar quién fue el asesina de Layo, el anterior rey y su padre, para darle muerte, tal como el oráculo ha dicho. Ignorante de su propio destino, Edipo se convierte en el protagonista tanto de la investigación, como de la justicia, como del castigo. Él mismo se buscará a sí mismo en una indagación intensa y cada vez más trágica conforme se acerca a la verdad.

Su búsqueda sincera de su propio castigo, empujado por la fuerza implacable del destino, todavía nos estremece a los espectadores actuales, porque expresa de manera sublime la lucha del hombre contra aquello que le supera y frente a lo que no cabe ni voluntad ni esfuerzo, sino únicamente padecer su fuerza imperiosa. Cuando al final de la obra Edipo se hiera los ojos y se destierre de Tebas, no hará sino plegarse a lo inevitable, cerrar un círculo que le condena al hades de sí mismo. El infierno no son los otros, el infierno consiste en descubrir la propia verdad.

Catarsis

La catarsis de que habla Aristóteles en la Poética nos arranca imperiosa la piedad hacia este personaje que cae desde el reino al exilio, ciego, solo, atrozmente torturado por la culpa de algo que no puede evitar en manera alguna y el temor que anida en todos los hombres de verse es situaciones análogas a merced de lo que antes se llamaba destino.

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Edipo Rey I

La tragedia Edipo Rey ha sido considerada, ya desde Aristóteles, que la estudia con detención y la pone de ejemplo en su Poética, como la obra maestra de Sófocles y modelo insuperable del arte trágico griego. Su fecha de representación se estima entre los años 430 y 425 a.d.C.

El mito de Edipo es uno de los grandes temas que se despliegan a lo largo del tiempo en Grecia y que llega hasta nuestro días con una fuerza siempre nueva, porque lo que él se contiene son las pasiones y problemas intrínsecamente humanos que constantemente nos acompañan. Edipo continúa siendo hoy un héroe tan actual como hace veinticinco siglos.

Ciertamente, cuando  los griegos iban al teatro esperaban ver a personajes conocidos, procedentes de leyendas, de mitos. Su idea del teatro, o del arte en general, no se ceñía a la originalidad de los argumentos, sino a la calidad de la mimesis y de la representación. En todo caso, apreciaban, además del espectáculo, la “originalidad” del punto de vista del dramaturgo sobre lo que conocían bien.

Dos ciclos princípiales recorren la tragedia griega. El de Micenas/Argos, cuya principal figura es Agamenón y el de Tebas. La principal figura del ciclo micénico es Agamenón, al que perseguirá la tragedia debido a su matrimonio con Clitemnestra, al sacrificio de su hija Ifigenia, su asesinato a manos de su esposa, la posterior venganza de Orestes y Electra  y lo que a ambos ocurre.

El otro ciclo es el de Tebas, donde sobresale la figura de Edipo. Edipo era hijo de Layo, rey de Tebas, y de Yocasta. Un oráculo había anunciado que si tenían un hijo, éste mataría a su padre y casaría con su madre, acarreando la desgracia al linaje. El cumplimiento de su destino y el de su descendencia da lugar a una rica secuela de tragedias.

Abandonado a su suerte el niño para que muriera es, sin embargo, rescatado y llevado a Corinto, donde le acogen los reyes de la ciudad. Para evitar el cumplimiento del oráculo, marcha de la ciudad y se encamina a Tebas. En un cruce de caminos, por una discusión de tráfico, quizá la primera documentada…, mata a Layo, su padre, ignorante de que lo era. Sigue su camino a Tebas, a la que libera de la Esfinge y donde se casa con Yocasta, su madre.

La obra de Edipo rey comienza cuando un grupo de ciudadanos de Tebas se dirige al palacio a suplicar a Edipo, ya rey, para que los libre de la peste que se ha declarado en la ciudad. Creonte, cuñado de Edipo, al regresar de Delfos, donde lo mandó a consultar el oráculo, le dice que es preciso alejar de la ciudad a los asesinos de Layo. Para descubrirlos, Edipo recurre a Tiresias, el adivino ciego, pero éste, lejos de cumplir los deseos de Edipo, se encara con él y, tras una tensa disputa, le revela que él, Edipo, es el causante de todo. Pero Edipo está todavía ciego a su propia historia, y acusa a Tiresias de la intención política de echarlo del trono.

 Edipo indaga y descubre horrorizado que, en efecto, él mató en un encuentro fortuito a su padre Layo, ignorando su filiación, y que después  se casó con su madre, Yocasta, de la que nacieron cuatro hijos: Antígona, Ismene, Etocles y Polinice. Yocasta, no resiste tal horror, entra en el palacio y se suicida ahorcándose. Edipo arranca los broches del vestido de Yocasta y con ellos se hiere los ojos, tras lo cual marcha al destierro, después de confiar sus hijos a Creonte.

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Hoy

En el cielo gris,

las nubes grises, de muchos grises,

convocan un día esencial y primero

del que pende la lluvia y la vida.

No encandila el cielo el sol triunfante

ni resplandece el azul

ni los colores flamean

como esas personas rutilantes

que atraen la vista

y detienen los pasos.

Más bien hoy se parece a esas

personas invisibles

que sostienen el ritmo del mundo,

cotidianos e imprescindibles.

Algunas gotas de lluvia

golpean la ventana

anunciándose savia del árbol

arroyo y

fuente alegre  del futuro verano

y rumor de recuerdos.

No rugen los torrentes de luz

ni se derrama el agua en cascadas

de arco iris

como esas personas que

que provocan risas y miradas,

quienes concitan entorno a sí

llamadas y algarabía

que gritan con su presencia.

Estas son gotas como

personas silenciosas

que preparan la comida

y pasean por el parque con un perro blanco,

y un rastro suave de pensamiento.

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Amargura

Florece la flor de la amargura en las palabras

desde la honda raíz del desencanto.

Una flor desabrida, escasa, triste,

en palabras sin aroma.

Su raíz se hunde en la carne

con la tenacidad del gusano

y, tenaz como él,

serpentea por la piel

hiriendo los recuerdos,

en el reseco erial donde anida la culebra,

el dios inmóvil,

la tormenta sin lluvia.

¡Ay, la tristeza!

¡Ay, el aroma especular de la tristeza!

¡Ay del insomne, del loco y del triste!

Abre la boca y gime

el diente ciego frente a la furia

y el labio de diente

y el diente de diente en la frente

que supura

la amargura.

amargura

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Rosa

Rosa, 86 años, es una mujer menuda, concentrada, de cara amable y expresión risueña. La vi por primera vez subiendo por la escalera hasta su habitación del sexo piso los crueles escalones repentinos y fatigosos. Una escalera conserva el recuerdo de una vida, y en ella se exponen, como cuadros a lo largo de sus paredes, los años transitados sobre ella y los periodos de tiempo que de otra manera no dejarían rastro en la memoria. Recordamos los instantes felices, aquellos asociados a lugares y personas, las circunstancias que tallaron nuestro interior, incluso nimiedades que desazonan o llegan a forzarnos a sonreír, pero el largo arco que se desliza a través de meses, de años, que no cesa nunca ni deja rastro más que en los ojos de quienes habitan en la distancia, lo apreciamos apenas en los tramos constantes de la escalera de nuestra casa. Su presencia se impone de manera constante y, llegado el momento, abrumadora, de esa forma tan imprecisa e inadvertida como se agostan las flores de la centaurea. Pero ocurre al detenerse en el rellano del segundo y observar con estupor que todavía faltan dos pisos mientras la fatiga se apodera de tu respiración. El tramo largo de la vida, eso ya vivido y por donde braceamos como en horizonte infinito, se resume allí en el jadeo, en la pereza de tener que seguir adelante, de observar con un cierto escozor en la memoria lo lejanas que se sitúan las cosas que parecían amigables.

Apenas habla. Creo que en el tiempo que llevo aquí habremos cruzado unas cuantas palabras. Pero tampoco habla con las demás personas de la casa. Su vida ya transcurre en el silencio y en el más absoluto abandono. Nunca ha venido nadie a verla en este tiempo ni ha recibido correo o alguna noticia. Está aquí, está en ningún sitio. Quizá podría suponer que rememora su pasado o que vive de los recuerdos y de la nostalgia, pero creo que tampoco le sucede eso. Su ausencia es total, si acaso se refugia en la memoria será tan secreto como lo es su vida entera. No lee, no ve la televisión. Si alguien me pidiera la definición de un fantasma, diría: Rosa, 86 años, de Madrid.

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GLOSAS A LAS FLORES DEL CAPÍTULO 7 DE MEDITACIONES SOBRE LOS CANTARES DE SANTA TERESA

De la mente que sueña el consuelo

de intuir el alba,

cada luz, cada mirada,

la tensión de la espera,

la inquietud de la noche

por donde discurrimos oscuros,

del horizonte en el que, humanos,

nos acontece vivir

entre el tráfago y la prisa

por donde ruge

la estela circular del mundo

del alma que sueña,

de la mente enclaustrada

navegando silente por entre los deseos,

 

escribiste:

 

Y pedís flores

 

Y se dibuja en el rostro el reflejo

inconstante de nuestra espera,

y en el ver la figura,

posibilidad y promesa.

Adquiere constancia  el presentimiento,

en la palabra y los rumores,

cabe las palabras que inauguran

más allá de su aliento

la pretensión que construye  la casa y el camino.

 

Por eso escribiste :

 

Sostenedme con flores

 

 

¿A quién vemos al mirar

cuando el mirar refleja el horizonte

y la espera? Con la figura el recuerdo de la promesa o la promesa,

la intensidad inquieta del delirio

por donde discurre

lo que somos,

como hojas suaves de un río de otoño,

como olas continuas

acariciando la pétrea oquedad del tiempo

 

Por eso escribiste:

 

De otro olor son esas flores De otro olor son esas flores que acá olemos

 

 

Antes del alba

el contorno y la mirada que busca la figura.

Antes del alba la intensidad del presentimiento.

Antes del alba

la inquietud que florece en certidumbre

y lo que acontece,

todavía no y ya acontece.

 

Por eso escribiste

 

Son admirables y olorosísimas (estas flores)

 

El trámite de la promesa,

como de la mirada el reflejo,

o la presencia ensimismada,

de ardiente luz en urgente abrazo,

en propio color transformada.

Cabe la noche estalla la luz de la alborada

Por eso escribiste

 

El fruto gustosísimo de estas flores o la presencia inaugurada

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